Sobre el movimiento de las cosas,

y sentir lo detenido.

Keith Wilson “Feldenkrais Session – Body Scan/Beginning”


 Dando por sentado una reconciliación con la naturaleza, somos en ella uno de esos objetos vivos que la habitan y que disponen en sí de la característica del movimiento propio. De hecho lo único que define la vida para nuestro profundo y viejo instinto es el movimiento. Si algo se mueve por impulso propio, sin ningún tipo de fuerza externa, decimos que está vivo. Movimiento y vida son así, nociones muy asociadas, pero sutilmente diferenciadas en algo: podemos decir que nuestra forma de experimentar la vida es en el movimiento. Es decir, percibir  movimiento es experimentar lo que llamamos vida.

 Así, nuestro concepto de vida se funda en una experiencia de movimiento.

 Es también el movimiento una especie de patrón moral biológico, por decir muy básico,  del bien y del mal. Aquello fijo: lo tildamos de Malo. Aquello que se mueve en forma agraciada: Bueno. Por supuesto, entre medio hay muchas velocidades, cualidades. El punto es que algo nos pasa cuando un proceso se detiene, y lo empezamos a sentir mal. De hecho es nuestro sentir mal lo que nos está indicando que algo anda mal, su movimiento se ha bloqueado o detenido. Así como el agua, las emociones, los vínculos, la comida… cualquier cosa dejada quieta, sin que logre su transformación inherente, empieza un proceso de decrepitud y muerte natural.
 Esto está grabado en nuestras células mucho antes que tengamos juicio. Es un cierto instinto que se expresa en desagrado, incomodidad, incluso malestar. Estamos fabricados por minúsculos movimientos celulares, que también saben detectar cuando algo anda mal. A su forma, en su pequeño contexto, lo hacen. Son nuestras células las que están vivas, y ellas las que realmente se mueven por sí mismas dentro de nosotros.
 ¿Donde empieza nuestra voluntad de movimiento? Pues definitivamente no en el músculo. Sino en nuestras células. Es fácil ya al ojo del microscopio como hemos descubierto que no hay movimiento propio en nuestros músculos sino que reciben una sutil orden electrónica, un desencadenante, un impulso. ¿Se moverían acaso los músculos sin ello?… Acaso que, no.

La detención… 

Algo de este instinto tan básico puede verse en los Elefantes, por ejemplo. Cuando algún viejo participante del clan le apetece morir o está enfermo y se tira al suelo, imposibilitado ya de caminar, vienen sus compañeros y lo empujan a moverse. Algunas veces su actuar funcionará y su amigo tirado se repondrá, pero otras tantas veces no. Sin importar el resultado, este distintivo hecho ha impactado en aquellos humanos que hayan participado de un momento así. Tanto fueron emocionados por esta situación que esa historia llega a mis oídos hoy.


Así pues, cuando llamamos a algo “un problema” lo que estamos percibiendo ahí es alguna detención. La muerte misma es esa, detención absoluta del movimiento. Pero también aquí cabe otra mirada más profunda, porque lo que a simple vista puede llevar movimiento, en el fondo puede llevar un proceso detenido, es un movimiento que lleva en sí la muerte. Una adicción corresponde a esta categoría. Incluso una adicción emocional, como puede ser la necesidad de llamar la atención. Si confiamos en nuestros instintos sabemos que hay algo detenido ahí. El movimiento que se propone en estos casos es un movimiento compulsivo, repetitivo y hasta violento. En el fondo sabemos que no hay vida ahí.
 Lejos quiero estar de cualquier señalar como inmoral cualquier hábito, y forma de llevar esta carga que es la vida con todas sus energías tan potentes y difíciles de manejar. Me refiero aquí a lo difícil de lograr el  equilibrio de las cosas, su justa medida. Por eso me esfuerzo en advertir la experiencia: en nuestro andar nos es natural abrirnos a nuevas vivencias, y con ello, personas, sustancias, y distintos consumos. Todo esto es parte del intento de sobrellevar todo el sexo y todo el amor del cual nuestros cuerpos son capaces. Son así experiencias que nos calman, nos llegan a contener, pero que si llegamos a depender de esas costumbres externas para regular nuestro interior, pues, sabemos que algo anda mal.
Aunque hay movimiento en nuestros actos, intuimos que hay algo detenido en el fondo. El movimiento no es libre, si no soy libre de pararlo. Claro, siempre está en juego mi identidad en aquello repetitivo. Así como conocemos el Sol porque sale todos los días, y no me es extraña su luz que cae suave sobre mis apuntes y libros. Así, en la repetición, en lo cíclico es que conocemos algo. La identidad entra a ser importante siempre que un movimiento se perpetúa, es fácil, entonces,  definirse en torno a esas cualidades externas.

Dos movimientos…

Quiero aclarar muy fuertemente que reconocer cómo de la apertura-a-la-experiencia  pasamos a identificarnos con algo, ello no es para nada un problema, tampoco estoy  acusando de nada con estas palabras. Lo que intento, en esta época de regeneración, es que tengamos una conciencia especial a la observación de lo aquello detenido y que tiene que ver con el respeto, por el cual, eso es parte de mi, y de alguna forma, eso me está ayudando a sobrellevar este conjunto de energías que llamamos vida.

 Haciendo cuentas entonces: lo detenido lo podemos encontrar en aquello que ha cesado su movimiento así como también subyace en el movimiento compulsivo, habituado, y con ello, poco libre. ¿Cómo saber si somos dignos de esa libertad? ¿Acaso el sol podría escapar a su obligación cotidiana de aparecer, desaparecer y entre medio de eso iluminar? Pues creo que la paradoja apunta al sentir como forma de dilucidar aquel movimiento libre de aquel movimiento adictivo

 Como preludio a la exploración siguiente digo; creo que no es la inteligencia la que nos distingue de la naturaleza, pues me considero y considero a mis pares como un continuum de la inteligencia que nos rodea, y atraviesa. Pero si, creo que nos distingue el sentir, pero no cualquier sentir, sino la forma única de percibir y poder integrar en una forma compleja todo lo que percibimos. Digo con esto, que nos debemos muchas veces una sola pregunta, nada laserativa ni patologizante,  pero si muy curiosa pregunta: ¿En qué siento detenida mi vida? 

Propuesta de exploración:

Invita a tu atención a ir por dentro de tu cuerpo, permítete pasar un rato con las sensaciones de los pies, y piernas -en un comienzo- en búsqueda de las diferentes sensaciones corporales como ser temperatura, presión, incluso dolor. 

Extiende tu campo de percepción interna paulatinamente a todo el cuerpo. 

Escanear:
Y con una actitud curiosa -fundamental- viaja buscando las partes de tu cuerpo que se sienten detenidas, o las zonas que sientes la energía bloqueada. 
Simplemente (aunque esto no es nada simple) re-conócelas. -No intentes cambiar nada-.

Nota: No entramos a nuestro interior a cambiar algo.  Entramos a conocernos. 


Paso siguiente, brinda tu respeto a esa identidad formada ahí, al sentido de lo que representa esa energía en mi vida. Escanea tu cuerpo buscando estas sensaciones entre débiles, quietas, o sin potencia. Sensaciones sentidas como detenidas o fijas… como sea, sin un movimiento libre. También explora las que tienen un movimiento compulsivo. Observa desde afuera como, incluso en movimiento, la energía se ha vuelto fija, repetitiva también allí.
Imaginar:
Ahora trata de imaginar una música que representa estos espacios internos. Asocia un ritmo musical que generen tus sensaciones, siente la música para tus sensaciones… aunque estén muy muy quietas y duras y fijas…. y pesadas. Comienza a mover el cuerpo (todo tu cuerpo) al ritmo de esa música.
Mover:
Si lo estas haciendo, comenzaras a notar que algo se siente bien en el hecho de expresar con todo el cuerpo, esa sensación de fija que solo sentías en alguna zona particular de tu cuerpo.
Esto tiene una explicación que dejaré para otro momento, pero lo importante de compartirte aquí es que lo que genera cambio es  mover en forma orgánica y corporalmente sentida una sensación que antes estaba confinada a vivir confinada a la conciencia. Cuando de alguna forma, la pasamos por todo el cuerpo, es que somos totalmente conscientes de ella. Y la empezamos a integrar, es decir, empezamos una relación distinta con ella.
Este es un aspecto de la relación interior con  nuestras sensaciones, que disfruto tanto enseñar y entrenar 

Alfo
20/6/2020

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